«Hoy, cuando surgen voces que añoran la supuesta calma del franquismo, resulta fundamental recordar cómo se vivía el día a día bajo una dictadura. No solo había represión política; cada aspecto de la existencia –el deseo, la intimidad, la rutina– estaba sometido a una vigilancia implacable». Con estas palabras, Isabel Alonso (Salamanca, 1953), historiadora y experta en memoria histórica, resume el espíritu del libro que ha escrito junto a Jordi Petit (Barcelona, 1954). La obra, titulada ‘Cuando los gais perdimos el miedo’ (Editorial Egales), traza la biografía de Petit, activista antifranquista y referente del movimiento LGTBIQ+. La presentación tendrá lugar mañana en la Sociedad Económica de Amigos del País, a las siete de la tarde.
La trayectoria de Jordi Petit sirve como espejo de cómo una dictadura marca a fuego a una persona. Crecer como niño, adolescente y joven homosexual durante el régimen de Franco y los primeros años de la Transición fue, en sus propias palabras, «un peregrinaje a través del silencio, la censura, la ausencia de modelos y, por encima de todo, la culpa». Desde muy pequeño –reconoce una precocidad en su autoconciencia–, desarrolló «una angustia profunda y un deseo inmenso de ser normal». La religión se convirtió en su refugio: «Me aferré a ella como tabla de salvación, como un intento de encajar en la norma, pero caí en un círculo vicioso sin salida». Utilizando el lenguaje del catolicismo de entonces, habla de «malos pensamientos» y «actos impuros»: «Pecaba, me confesaba, y volvía a pecar una y otra vez».
«La soledad fue mi compañera más fiel durante años. No tuve un amigo íntimo hasta los quince, y mi gran secreto no podía compartirlo con nadie. Sufrí acoso escolar de todo tipo. El vacío afectivo lo llenaba un perrito al que llamaba camarada. Su muerte –por entrar en un gallinero y matar a las gallinas– me provocó un trauma que aún recuerdo», relata Petit.
Su paso por el Opus Dei fue fugaz, pero dejó huella. Le sugirieron la automortificación y el dolor físico como método para corregir su orientación sexual. «Me perturbó profundamente tener que infligirme daño para intentar cambiar algo que era imposible de cambiar: mi propia naturaleza». Permaneció en «ese marasmo, en esa confusión, en ese bucle» hasta los dieciséis años, cuando un sacerdote que también era psicólogo le puso al día sobre estudios pioneros: el informe Kinsey y las investigaciones de Evelyn Hooker. Estos trabajos llevaron a la Asociación Norteamericana de Psiquiatría a eliminar la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. «La ciencia fue mi salvación», afirma.
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